La Enfermedad Renal Crónica (ERC) es un reto creciente de salud mundial y que afecta a 1 de cada 10 personas en el mundo [1]. Frecuentemente silente en sus etapas iniciales, la ERC puede progresar sin ser diagnosticada hasta condicionar graves consecuencias para la salud, impactando profundamente a los individuos, sus familias y la comunidad. La enfermedad incrementa significativamente el riesgo de complicaciones cardiovasculares, reduce la calidad de vida y puede progresar a falla renal avanzada, condicionando dependencia a terapia de reemplazo de la función renal como diálisis o trasplante para sobrevivir. Su carga se distribuye en forma inequitativa, afectando desproporcionadamente mas a poblaciones en desventaja, lo que incrementa las inequidades de salud existentes.
La detección temprana puede salvar vidas. Pruebas de laboratorio de sangre y orina simples, no invasivas y costo-eficientes pueden identificar mala función renal, lo que permitirá intervenciones a tiempo para retrasar o enlentecer la progresión de la enfermedad [2]. Apuntando hacia poblaciones de alto riesgo, tales como personas con diabetes, hipertensión, enfermedad cardiovascular, obesidad o historia familiar de enfermedad renal, es altamente efectivo. Programas basados en la comunidad pueden incrementar el acceso a población en desventaja y con pobre atención a la salud. La detección temprana de la ERC no solo preserva la función renal sino también reduce la necesidad de tratamientos que consumen recursos intensivamente y pueden prolongar el tiempo para desenlaces negativos.
Los cambios ambientales están actualmente sumando a esta carga. Los riesgos asociados al clima, tales como contaminación del aire, estrés por calor extremo, deshidratación y condiciones climáticas extremas, suman a los riesgos de ERC y pueden acelerar su progresión. La elevación global de la temperatura ambiente también favorece la diseminación de enfermedades tropicales que pueden afectar a los riñones. Al mismo tiempo, los tratamientos para ERC avanzada, particularmente la diálisis, consumen recursos intensivamente ya que requieren grandes volúmenes de agua, energía, plásticos de un solo uso, todo lo cual puede generar emisión de gases de invernadero. Una sesión de hemodiálisis puede tener una huella de carbono similar a manejar un auto de gasolina por 240 kilómetros. Esto crea un circulo vicioso: ERC y cambio climático, empeorando una a la otra y viceversa.
Hemos alcanzado un punto de inflexión global: en la Asamblea 78 de la Organización Mundial de la Salud, se adopto la primera resolución dedicada a la enfermedad renal [3]. Esta decisión histórica eleva a la salud renal a un estatus de prioridad en salud pública, reconoce al Día Mundial del Riñón como fecha de observancia y urge a la realización de actividades de conciencia, prevención, acceso al tratamiento y reducción del riesgo ambiental.
Llamado a la acción: Un compromiso de múltiples partes interesadas
Construir un futuro mas saludable, justo y sostenible para la salud renal. Hacemos un llamado a gobiernos, sistemas de salud, industrias y comunidad a trabajar juntos para este fin.
[1] GBD Chronic Kidney Disease Collaboration. Global, regional, and national burden of chronic kidney disease, 1990–2019: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2019. Lancet. 2020;396: 1–18. doi:10.1016/S0140-6736(20)32336-8
[2] Bowe B, Artimovich E, Xie Y, et al. The global and national burden of chronic kidney disease attributable to ambient fine particulate matter air pollution: a modelling study. BMJ Global Health 2020;5:e002063. doi:10.1136/bmjgh-2019-002063
[3] WHO. Reducing the burden of noncommunicable diseases through promotion of kidney health and strengthening prevention and control of kidney disease. Available at: https://apps.who.int/gb/ebwha/pdf_files/EB156/B156_CONF6-en.pdf (Accessed: 01 September 2025).
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